Omicrorrelato ganador #omicron2019

Por favor, no jodas.

Por Pablo Valencia.

León, el guerrero, llegó a la imponente barbacana. El foso que rodeaba la fortificación estaba repleto de criaturas que asomaban sus amenazantes filas de dientes. El puente bajado y el rastrillo elevado, una clara invitación. El guerrero no dudo y apresuró el paso hacia el interior.

***

Era un día soleado. Minerva estaba en su hogar, una pequeña casita apartada del mundanal ruido, erigida sobre una colina. Había recogido su hermoso pelo rubio con un lazo para cocinar. Su marido se había marchado a derrotar al gran señor del mal “Lorkhan” y liberar Skölheim.

Mientras la sopa de verduras se cocía a fuego lento, la muchacha fue al cofre que tenía en su habitación. Dentro, había una espada mellada. Las palabras de su marido resonaron en su cabeza “Guárdala con cuidado, es la espada que me regaló mi padre” Minerva la levantó por encima de su cabeza, soñando con ser ella la que iba de aventuras. De pronto la puerta de casa se abrió. Asustada, guardó todo y corrió de vuelta al salón. Allí había un hombre con armadura, unas letras amarillas brillantes levitaban sobre él. Se podía leer, claramente, «BravePoTaToe16».

—Bu… Buenas señor. ¿Le puedo ayudar en algo? —alcanzó a decir Minerva.

El ni la miró. Empezó a rebuscar por la casa. Cogió un bol y se bebió la sopa ante la atónita mirada de Minerva. Después se dirigió hacia el cuarto. Allí abrió el cofre y cogió la espada, levantándola por encima de sus letras amarillas. Una fanfarria invadió la estancia.

—¿Qué está haciendo? Esa espada es…—No pudo ni terminar la frase, pues el hombre se dispuso a salir de la casa.

Minerva lo alcanzó corriendo, justo cuando estaba en el alféizar de la casa. Ella tiró de la espada mientras él intentaba marcharse. Este parecía no inmutarse, seguía poniendo un pie delante del otro sin avanzar. Minerva tiraba con fuerza, pero al de unos segundos no pudo más y soltó la espada. El hombre avanzó 20 metros de golpe y cayó colina abajo. Momentos después, una bolsa de tela marrón apareció a los pies de Minerva. Dentro había una armadura, la espada robada y 2000 giles.

Asustada por este encuentro, Minerva guardó la espada y fue corriendo al pueblo en busca de ayuda. Allí pagó a un mercenario con la armadura y unos pocos giles para que protegiera su casa. Falta hacía, pues al llegar de nuevo a su casa, allí estaba de nuevo «BravePoTaToe16», en cueros y saliendo de casa con la espada de su marido. El mercenario cargó contra él y tras una lucha encarnizada «BravePoTaToe16» cayó al suelo, muerto. Su cuerpo se desvaneció y otra bolsa de tela marrón apareció. La espada y otros 2000 giles.

Con ellos compró unas pociones que curaron al malherido mercenario. Después, lo invitó a pasar y le preparó una sabrosa comida. El nuevo compañero le dijo que por 200 giles podría contratar a toda la compañía de mercenarios y que por 160 más levantarían una pequeña fortificación alrededor de la casa. Minerva aceptó gustosa, pensando que esas medidas eran suficientes para amedrentar al hombre si se atrevía a volver.

Esa noche, «BravePoTaToe16» volvió. Esa vez no vino solo, un orco llamado «Shadowlol» y una maga, «Kill3rMast3r», lo acompañaban. El grito del vigía en lo alto de la fortificación alertó a la compañía. Minerva salió con su recién comprado arco disparando flechas a la vez que los mercenarios atacaban cuerpo a cuerpo.

Las espadas chocaban, las bolas de fuego surcaban la noche y las flechas de Minerva alcanzaban a los intrusos, aunque estos parecían no caer. Incluso cuando una flecha atravesó el cráneo del mago, este siguió lanzando hechizos como si nada. Tras una ardua pelea los tres asaltantes cayeron dejando tres bolsas de tela marrón llenas de libros de hechizos, armas y giles a montones.

Temerosa por el aguante de estos humanos, Minerva contrató a más mercenarios, mejoró las murallas y construyó almenas. Además pagó a cazadores de bestias para que trajeran fieras para protegerse sus tierras. Los rumores se extendieron. Cazatesoros llegaban de todas partes del reino, con nombres cada vez más rimbombantes.

Ante los continuos ataques, Minerva decidió entrenar con un maestro espadachín, compró una armadura oscura y pinto las murallas de su casa de color oscuro para inspirar miedo a los que se atrevieran en pasar cerca de su casa con intenciones aviesas.

Los bardos hablaban de una inexpugnable fortaleza que no podía ser asediada. Contaban historias de un gran señor oscuro que vivía rodeado de bandidos y rufianes, de bestias de tres cabezas y múltiples trampas en casa esquina.

***

El guerrero pisó aquella alfombra de color burdeos. Su armadura maltrecha por los mordiscos de las criaturas apenas se sostenía. Su yelmo ya no lucía el esplendor de antaño, ahora estaba abollado y oxidado, había perdido todo su color turquesa. Ríos de lava corrían por ambos lados de la estancia, dándole un tono rojizo a la escena. Al fondo, una armadura oscura sentada en un trono de piedra. En él, clavada, una espada mellada al más puro estilo Excalibur

— ¡¿Quién osa venir a desafiarme”?! —bramó el ser que habitaba aquella armadura.

El guerrero exhausto no respondió, dejó que la firme mano que empuñaba su espada hablara por él. Los gritos de ambos inundaron el castillo. La lucha duró horas, ninguno estaba dispuesto a darse por vencido, pero el guerrero estaba en clara desventaja después de su largo viaje y de un tajo propinado por su contrincante, su yelmo voló, cayendo en la lava. Con el repiqueteo del metal fundiéndose, el guerrero se levantó.

—Yo, León de Skölheim juro que acabaré con tu infame vida como acabe con Lorkhan, recupere la espada de mi difunto padre y… —La voz del guerrero se entrecortó un segundo para volver con más intensidad—. ¡Vengare la muerte de mi esposa, que vivía en esta misma tierra que ahora vos usurpáis! Maldito bastardo.

Ante la nueva energía del guerrero, su contrincante quedó inmóvil durante unos segundos. Acto seguido, cogió su yelmo y se lo quitó, dejando caer sus cabellos rubios.

—¿León? —dijo Minerva.

—¿Minerva? —dijo León.

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