Tengo mucha hambre. Tanta que ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que comí.
Mi mente se remonta a una celda. Una celda lúgubre y húmeda, con múltiples sonidos indescriptibles que
harían temblar incluso al paladín más valeroso.
Mi tormento parece eterno, como si una maldición hubiese corrompido mi cuerpo y mi alma. Pero sé que
soy capaz de sobreponerme a ello. Sé que soy capaz de luchar contra ese anhelo.
Todo parecía mejorar cuando un variopinto grupo de aventureros con una gran diversidad de formas, blindajes y pertrechos aparecieron ante mi. Uno de ellos, cuya piel podía confundirse fácilmente con musgo si se encontrase en un bosque sacó unas pequeñas herramientas y me liberó de mi prisión.
No entendía las palabras del grupo, pero sabía que no eran hostiles. Entonces, la muchacha de regio porte, mientras sus dos acompañantes me observaban con curiosidad, me tendió la mano y me acompañó hacia esa libertad que tanto ansiaba. La euforia me desbordaba y, en cuanto salimos de aquél lugar de locura, todo mi cuerpo irradiaba felicidad. Estaba al fin al aire libre.
Al fin podría respirar. Al fin podría comer.
Un extraño monstruo nos sorprendió. Disponía de tres cabezas, una de cada animal: una cabra, un dragón y un león. Una cuarta cabeza, de serpiente esta vez, se le sumó después de que se girase y mostrase su cola.
Entonces la batalla dio comienzo. La pequeña criatura verdosa se movía con agilidad, lanzando cortes indiscriminados con su pequeña daga mientras esquivaba las dentelladas proporcionadas por dicho
apéndice reptilesco.
La guerrera, mientras tanto, bloqueaba los feroces arañazos empuñando su enorme escudo a la par que contraatacaba con su espada mágica que lanzaba destellos dorados.
Y el tercer integrante, mientras tanto, se subía a los árboles y les ofrecía cobertura disparando una salva de flechas. Entre todos, lograron abatir a la fiera, pero todos acabaron bastante heridos.
La ocasión perfecta había llegado.
Con un rápido movimiento, mi boca y el resto de mi cuerpo se transformó de una grotesca forma que podría considerarse completamente antinatural y, con un limpio mordisco segué la forma del goblin desprevenido. Antes de que pudiera reaccionar, herí de muerte a la valiente guerrera y, con fuerzas ya renovadas, lancé un hechizo que inmovilizó al arquero elfo y proseguí con mi banquete, degustando a la humana lentamente para después finalizar con el descendiente del Reino Feérico.
Había llegado la hora de alzarse y recuperar mi prestigio. Había comenzado una nueva era del terror, la
era del Rey Mímico, Mimi.
Relato ganador del concurso de omicrorrelatos #omicron2026. Obra de Los archivos de Izzy







